Cuatro paredes son testigos mudos de la cotidianeidad de nuestra casa.
Entre sábanas revueltas, ruidos de electrodomésticos, riqueza manifiesta en comodidades o la pobreza simple de la mayoría de las viviendas mexicanas, va sucediendo la vida y nuestros recuerdos van tomando forma.
¿Quién puede borrar de su memoria al abuelo sentado en el sillón de siempre? o ¿el olor de la sopa caliente al llegar de la escuela con el estómago vacío que lleva horas de espera después del gansito del recreo? Recuerdos que se funden con el sentimiento de una historia perdida que no podemos recuperar más que en sueños.
Esta debe ser la causa por la que tarde o temprano la casa se convierte inevitablemente en el centro de la disputa familiar. Se oye con frecuencia el caso de la herencia no resuelta, o el de los divorciados que se jalonean por el “bien común”. Y más frecuente, el padre que no deja de sermonear que la consiguió con “el sudor de su frente”.
También los recuerdos más insignificantes entran en esta discusión. Objetos impregnados por la pátina de los antepasados y que son el pasaporte para pertenecer a una sociedad de buenas costumbres.
La casa, el nido donde nos refugiamos de la hostilidad exterior y donde construimos nuestras historias de amor y desamor, nos lleva a idealizar esta construcción de cuatro paredes que convertimos en castillo de cristal.
Que nada empañe la felicidad que nos da el poseerla. Que no se marchiten las flores que la adornan, y que por favor... ¡no grite nadie! pero sobre todo que no venga la muerte de visita, mejor que toque el timbre del vecino que nadie soporta. Aquí sólo se guardan recuerdos maravillosos. Los golpes, las carencias, la mugre son cosas que guardamos celosamente en el cajón más recóndito, junto al otro, el del baño compartido y el de las intimidades repugnantes.
La casa. Recuerdo también de nuestro primer dibujo infantil: blanca generalmente (nunca verde pistache o rosa, como abundan en esta ciudad), con dos ventanas que parecen ojos, cubiertas a medias por cortinas que la hacen parecer melancólica. Y la puerta al centro, como una boca. El cielo azul y nubes blanquísimas de donde siempre asoma un sol sonriente.
Esta es la imagen que rescatamos de nuestra memoria cuando ponemos todo nuestro esfuerzo por tener una casa que nos asegure justamente eso, el ser felices para siempre.


